He sentido siempre una gran curiosidad acerca del prototipo de oyente radiofónico, que diferencio sustancialmente del espectador de televisión, entre los que la mayor parte de los adictos son del sexo femenino, a tenor de los asistentes a los estudios de grabación y emisiones en directo, así como por la mayor parte de horas que la mujer pasa en el hogar, a pesar su constante incorporación al terreno laboral. Tales diferencias estriban primordialmente en que la atención que hay que prestar al televisor se convierte en un tipo de drogodependencia distinta de la que se dedica a la radio, que no impide en absoluto la realización de trabajos de todo tipo, mientras que el poder hipnótico de la imagen cercena la posibilidad de realizar tareas en las que es imprescindible una mínima atención.
La radio se halla en la cima de un tobogán muy atractivo, cuya pendiente lleva directamente al desastre informativo, a un abismo de aburrimiento feroz en el que se refocilarán, sin duda, todos los amantes de lo inane, los idólatras de la estupidez colectiva, y disfrutarán como enanos quienes no buscan otra cosa, en cualquiera de los medios informativos, que un mal llamado entretenimiento, cuyas consecuencias más graves se constatan, por ejemplo, en una juventud que no conoce el léxico ni la sintaxis, amén de un instinto simiesco de imitar a esos personajes cuya única labor intelectual o profesional es la de blasonar de los delitos cometidos, de los romances habidos, o mostrar el culo, los senos y órganos sexuales. El todo-vale está a punto de colarse en el medio radiofónico si antes no se le pone un remedio, que pasa, indefectiblemente, por una concienciación de que hay millones de personas que demandan una catarsis radiofónica (la televisiva es utópica), antes de que los futuros periodistas y encargados de programas, deban olvidar cuanto estudiaron en la facultad para sumergirse en un mundo en el que para hacer dinero rápido, haya que confeccionar programas en los que ni siquiera la música sea considerada como un elemento cultural, sino más bien un relleno de poca monta.
La radio alternativa surgió como fenómeno social y cultural hace ya bastante tiempo, comenzando, hace ya más de 40 años, por aquella Radio Carolina de mis sueños, instalada en pleno océano cerca de las costas británicas, siguiendo por la refrescante Radio Cadena del Water, y llegando a las emisiones clandestinas de cientos de programas conducidos por amateurs que no podían resistir tal panorama. Lo más curioso es que es ahora, más que nunca, cuando esa necesidad se hace más imperiosa, justo cuando ya no hay movimientos y/o estilos musicales que sorprendan, cuando el cine hace aguas por todas partes, cuando el arte en definitiva sufre la enfermedad más grave: la carencia de propuestas, la ausencia de vanguardias, la invisibilidad de horizontes. Y a ello ha contribuido, sin duda, el silencio académico de un colectivo tan imprescindible en el desarrollo intelectual como es el de profesores, catedráticos y expertos, que también asisten apesadumbrados, sin duda, a la consagración de la mediocridad como fenómeno indestructible.
Se hace necesario pasar a la acción, llamar a esos jóvenes que no comulgan con las ruedas de molino de las Operaciones Triunfo de toda especie que nacen a diario en los despachos, para pedirles que coloquen a la imaginación, de nuevo, en el poder, que saquen a relucir sus insatisfacciones, sus propuestas, sus inquietudes y las plasmen en esas radios de colegios mayores, de barrios y pueblos, para que, cuando ocupen emisoras de mayor audiencia, pongan su valentía por delante y continúen siendo jóvenes, siendo combativos contra la inanidad. Cuando no hay alternativa a una situación concreta, hay que sacarla de donde sea, y ese lugar, mira por dónde, siempre huele a rebeldía, a digresión, en definitiva, a ruptura con ese amarillismo enfermizo que colorea ya buena parte de la programación radiofónica.